La Comunidad de Usuarios de Aguas Subterráneas Lillo-Quintanar cumple una década en un momento especialmente significativo: acaba de culminar uno de los proyectos de digitalización más ambiciosos de su trayectoria. Un proyecto que no solo incorpora telemedida, sensores o herramientas GIS, sino que cambia la forma de gestionar una entidad con 2.000 usuarios, 3.513 captaciones y un recurso tan estratégico como limitado.
Este 2026 ha sido un año especial para la CUAS Lillo-Quintanar. La entidad ha celebrado su décimo aniversario coincidiendo prácticamente con la ejecución de su proyecto PERTE de Digitalización del Ciclo del Agua, una iniciativa que ha contado finalmente con 2.522.542,64 euros de ayuda y cuya ejecución quedó completada en junio. Durante la celebración del aniversario, el Gobierno de Castilla-La Mancha destacó precisamente el trabajo realizado por la Comunidad para avanzar hacia una gestión del agua basada en el conocimiento y la optimización del recurso.
Pero para entender realmente la importancia de este proyecto hay que entender antes qué es una CUAS. Porque gestionar una Comunidad de Usuarios de Aguas Subterráneas no se parece demasiado a gestionar una comunidad de regantes convencional.
Una comunidad que nació porque había un problema que resolver
La historia de la CUAS Lillo-Quintanar arranca con una situación complicada. En diciembre de 2014, la Masa de Agua Subterránea Lillo-Quintanar fue declarada en riesgo de no alcanzar el buen estado cuantitativo y químico. En esa misma declaración, la Confederación Hidrográfica del Guadiana ordenó constituir una comunidad en la que debían integrarse los titulares con derecho al uso de esas aguas. El proceso terminó el 20 de noviembre de 2015. Diez años después, aquella organización nacida para gestionar un problema ambiental y de disponibilidad del recurso se ha convertido en una pieza fundamental de su territorio.
Y hablamos de una escala considerable: 15.750 hectáreas, alrededor de 2.000 usuarios, 3.513 sondeos y 23 municipios de Toledo y Cuenca. Además, no todos sus miembros son agricultores. En la misma masa de agua conviven usos de regadío, abastecimiento, ganadería, industria, usos domésticos y otras actividades. A esto se suma otra realidad especialmente importante desde el punto de vista social: diez de esos 23 municipios se encuentran en riesgo o riesgo severo de despoblación.
Ahí aparece una de las grandes diferencias respecto a otras organizaciones de riego. No existe una única gran red hidráulica que vertebre físicamente a todos sus miembros. Lo que tienen en común es el acuífero. Cada captación puede estar separada kilómetros de la siguiente, pero todas extraen agua del mismo sistema y todas están condicionadas por su evolución. Las propias funciones estatutarias de la CUAS incluyen la vigilancia de los aprovechamientos, la defensa colectiva de los usuarios, la resolución de conflictos y, sobre todo, la protección de la cantidad y calidad de la masa de agua.
- Cuando la gestión del agua también es gestión social
En este escenario, un contador no es solamente un contador. Una lectura determina cuánto se ha consumido, cuánto volumen permanece disponible y si se están respetando las limitaciones establecidas. Un nivel piezométrico tampoco es simplemente una cifra técnica: ayuda a explicar por qué puede ser necesario adoptar determinadas decisiones. Y conocer el comportamiento de los nitratos permite relacionar la actividad sobre el territorio con el estado ambiental del recurso.
Hasta ahora, buena parte de esta maquinaria administrativa y técnica descansaba sobre lecturas presenciales, procesos manuales y distintas herramientas de gestión que no estaban conectadas entre sí. La memoria del proyecto identificaba seis sistemas independientes, además de un parque de contadores envejecido, captaciones todavía sin contador, ausencia generalizada de telemedida y una gestión documental muy dependiente del papel.
Digitalizar, por tanto, no consiste aquí en instalar tecnología porque sí. Consiste en reducir incertidumbre y hacer más sencilla una convivencia necesariamente colectiva alrededor de un recurso escaso.
Uno de los cambios más visibles ha sido la actuación sobre 1.989 captaciones, equivalentes al 65,8 % del volumen concesional de la entidad. La incorporación de nuevos sistemas de control y telemedida permite sustituir miles de desplazamientos y lecturas manuales por información disponible de forma remota e integrada en el sistema de gestión. Para el usuario esto significa poder disponer de información mucho más frecuente sobre su consumo; para la CUAS supone detectar incidencias antes, controlar mejor los cupos y dedicar tiempo del personal a labores de mayor valor.
Y hay una consecuencia menos tecnológica, pero quizá aún más importante: cuando todos trabajan con datos objetivos, actualizados y trazables, se reduce el espacio para la incertidumbre y el conflicto.
Ya no basta con saber cuánto agua se extrae. Hay que entender el acuífero
El proyecto va mucho más allá de la telelectura. La CUAS ha incorporado una red de 21 piezómetros en continuo que permitirá seguir la evolución de los niveles de la masa de agua, junto con herramientas para integrar información agroclimática y mejorar el conocimiento sobre su comportamiento. A ello se suman la modelización hidrogeológica, el seguimiento de los cauces superficiales, la monitorización de nitratos y las herramientas de apoyo a la programación del riego.
La filosofía cambia por completo. Se pasa de gestionar mirando fundamentalmente lo ocurrido a disponer de herramientas para entender qué está ocurriendo y anticipar qué puede ocurrir.
Las sondas de humedad son un buen ejemplo. Su utilidad no termina en colocar un sensor en una parcela: los agricultores están recibiendo formación para interpretar sus gráficas y convertir esos datos en decisiones reales sobre cuándo y cuánto regar. De hecho, la CUAS celebró el pasado mes de julio una jornada específica para acompañar a los usuarios en ese proceso. Es un detalle importante, porque la verdadera digitalización empieza cuando la tecnología deja de ser un aparato instalado en campo y pasa a formar parte de la rutina de quien tiene que tomar una decisión.
Una sola gestión para un territorio enorme
El otro gran salto se produce dentro de la propia organización. Visor GIS, censos, captaciones, consumos, expedientes, facturación, documentación, mantenimiento, oficina electrónica o comunicación con los usuarios dejan de funcionar como pequeñas islas y pasan a relacionarse dentro de un sistema integral de gestión.
Desde MOVAL Agroingeniería, que ha participado desde la redacción técnica del proyecto y en el desarrollo e integración de distintas herramientas digitales, hemos trabajado precisamente con esa idea: que la tecnología no añada otra pantalla más al escritorio de la CUAS, sino que quite trabajo, conecte información y haga más sencilla la operativa diaria.
Porque ese es probablemente el mayor valor de lo realizado en Lillo-Quintanar. El PERTE deja contadores, telemedida, piezómetros, sensórica, cartografía y software, pero lo realmente importante es la estructura de gestión que queda detrás.
Diez años después de su constitución, la CUAS Lillo-Quintanar entra así en una nueva etapa. Una en la que gestionar un acuífero seguirá siendo complejo —porque el agua seguirá siendo limitada y porque conciliar miles de intereses nunca será sencillo—, pero en la que las decisiones podrán apoyarse cada vez más en información objetiva, compartida y comprensible.
Y para una entidad creada precisamente para proteger un recurso común, convertir datos en confianza puede ser tan importante como convertirlos en eficiencia.
Moval Agroingeniería trabaja para un regadío (subterráneo) sostenible
ES